domingo, 8 de marzo de 2009

Es necesario recuperar la confianza

En los días que corren asistimos a un atroz espectáculo que todos desearíamos concluyera pronto, donde la incertidumbre dominante sacude con fiereza a cada unos de los argentinos, sumándose a ella la carencia de crédito de quienes nos representan, más allá de honrosas excepciones.

Los actos de la mayoría de ellos van en sentido diametralmente opuesto a las exigencias del pueblo y contribuyen a fogonear la creencia de que todo está perdido, de que nada puede modificarse y el pesimismo, la desolación y la angustia deben asumirse con resignación, al igual que una vaca que marcha hacia al matadero.

Decir que el problema es solo de los dirigentes en cualquiera de sus categorías estamentales, ya sea el caso de políticos, sindicalistas, deportivos, barriales, funcionarios, magistrados, periodistas, empresarios, eclesiásticos, es poseer una ingenuidad que solo intenta encubrir el desvío direccionado de responsabilidades, de quien no desea señalar claramente a todos los artífices de esta debacle moral que atravesamos, por temor a quedar expuesto el mismo en la grilla de culpables.

Cuando reconozcamos que todos estos malos ejemplos de representantes no pueden sostenerse sino es, en una sociedad que los contiene y les creó las condiciones para su accionar corrupto, daremos un paso en dirección al correcto diagnostico de una de las células embrionarias de esta crisis.

En primer lugar somos parte de una sociedad fragmentada, que se traduce en la ausencia de reacción para revertir las injusticias, reacción que únicamente irrumpe en el momento que nos sentimos afectados directamente, poniendo de manifiesto una vez más el espíritu individualista e indiferente que gozamos ante los males ajenos, por los que solo nos limitamos a una simple declaración de lamento y solidaridad pasiva realizada cómodamente desde nuestros hogares.

Muchos de nuestros representantes no pueden justificar su patrimonio, no resisten la más endeble investigación de órgano competente serio, en numerosos de los casos no están capacitamos para las funciones que cumplen y su ingreso, permanencia y promoción en la vida política se debe a la aplicación del régimen de evaluación que merita altamente la pésimamente mal entendida “Lealtad Partidaria”, que posibilitó que algunos impresentables se convirtiesen en legisladores o funcionarios.

La política se constituyó de esta manera en un medio por el cual accedieron a un nivel económico y social más elevado personajes que de otro modo les hubiera implicado años de trabajo y sacrificio honrado, impensados en mentes que profesan el facilismo, la transa permanente y una ambición incontenible por lo material.

Este tipo de conductas no permanecen exclusivas de los estamentos mas altos, también los empleados de menor jerarquía exhiben en sus actos idénticos patrones, causando un daño económico proporcional a sus niveles de acceso.

Roba el que se apropia de lo ajeno ya sea una bicicleta o una 4X4 y por lo tanto merece la misma consideración censurable.

No es ninguna verdad revelada expresar que existe un tráfico de influencias en todos los órdenes de la administración pública de los tres poderes y que no excluye niveles jerárquicos, encontrándose estas muy enquistadas y con muy escasas posibilidades de combatirlas debido a la complacencia de los beneficiarios y aceptación implícita del resto, que aguarda pacientemente su turno para adherirse a ese beneficio.

Cuando se habla de cambios en procesos electorales, este casi siempre, no implica una innovación en las conductas y elevación de la calidad de las políticas, sino en un mero reemplazo de hombres y nombres que no están dispuestos a modificar el sistema, que muy por el contrario desean mantenerlo e instrumentarlo según sus propios intereses.

El Estado debe configurar una normativa clara y transparente para todos aquellos empresarios que deseen invertir en el medio y ser regulador de su accionar, evitando acciones abusivas en todos los casos y en especial cuando se traten de servicios indispensables para la población, a su vez el empresariado deberá reinvertir sus ganancias generando mejores condiciones laborales a sus empleados y ampliando la oferta de trabajo a la sociedad.El capital debe estar presente al servicio de la economía y a su vez esta debe encontrarse al servicio del hombre único destinatario de la acción política.

La especulación debe ser castigada en la medida que comprometa los intereses del Estado y este jamás debe convertirse en socio de quienes afronten sus negocios tal como una cantera en la que se extrae todo hasta agotarla, marchándose luego en la búsqueda de otros horizontes mas favorables.

La educación es la plataforma de despegue de esta crisis lacerante, pero para ello también debe descontaminarse de las bacterias que posee su organismo.Los educadores tienen que marginarse del juego que mantienen con los dirigentes políticos para la obtención de un cargo o un ascenso, desterrando definitivamente un vicio perjudicial que adolecen quienes tienen una de las tareas más relevantes y trascendentes en el proceso de formación de las nuevas generaciones.

Debe exterminarse el clientelismo partidario en la Universidad que se encuentra graficado en el otorgamiento de becas, pasajes, utilización de vehículos oficiales para viajes de agrupaciones políticas, que son moneda de cambio para la aprobación de resoluciones de los órganos de gobierno, tanto Consejos Directivos como Superior, o de retribución de servicios en las campañas de elección de autoridades.

Sus autoridades deberían prestar más atención en garantizar el adecuado funcionamiento de sus unidades académicas y saciar las necesidades que presentan, antes de recurrir a procedimientos poco claros para perpetuarse en el poder, que les concedan desde allí, alimentar ambiciones en ocupar otro nivel de gobierno extra-universitario.

Los casos genéricos de malos ejemplos se reproducen por miles y se requeriría de un tratado para enunciarlos a todos; la elaboración de este documento busca humildemente ser disparador de un debate que debe sostenerse con profundidad entre todos los actores de nuestra sociedad, debate que no debe provocar un estado de deliberación eterno, sino uno de resolución y ejecución efectiva.

El respaldo popular mayoritario no debe ser nunca utilizado livianamente para acallar la discusión si en verdad respetamos la pluralidad y la aceptamos como fuente enriquecedora de ideas perfectibles que tiendan al bien común.

La supresión del diálogo por imperio del número nos devuelve a hechos pasados que la historia se encargó de sentenciar como nefastos.

No solo se debe saber perder en términos electorales o políticos, sino lo que es más importante aún, saber ganar, porque en el ganador se deposita la responsabilidad de conducir al pueblo hacia un futuro más venturoso.

Los dirigentes tienen que ser el espejo en el que se mire la sociedad, no existe mejor spot publicitario que el ejemplo de la vida misma que llevamos, el nivel de gasto proporcional a los ingresos que tenemos, la ocupación constante de mejoramiento de la calidad de vida de nuestros prójimos, las conductas diarias que deben estar a la vista de todos, en síntesis, dejar de lado la “transparencia declamada” e institucionalizar la” transparencia practicada”.

Deben actuar con la convicción que se obtiene cuando la coherencia se articula en la trilogía que componen el pensamiento, la palabra y la acción.

La honestidad es el punto de arranque pero no basta con ella, es indispensable que le adicionemos formación profesional, idoneidad, capacidad de trabajo y de decisión, integradas en una filosofía de vida simple, práctica, popular humana y cristiana que encuentre vinculación fluida con el medio y establezca un compromiso inquebrantable con la comunidad, que evite la construcción de tecnócratas aislados en bases de datos, encuestas y estadísticas, desprovistos de componentes sensibles y solidarios en la toma de resoluciones que tienen como destinatarios los más desprotegidos.

La oportunidad de transformación no opera como un fenómeno natural por el cual hay que sentarse a esperar que se produzca, sino se manifiesta en las condiciones que nuestra sabiduría logre concebir y materializar y el momento justo para iniciarla es cuando asumamos la convicción y voluntad de realizarla.

Nuestra crisis es sobre todas las cosas moral y cultural y es en ese plano que se han de plantear las soluciones para resolverla.

No se trata solo de no tener déficit financiero, debemos procurar fundamentalmente también, no tener déficit de principios y valores.

Necesitamos de una revolución moral en cada individuo que trascienda y florezca en la solidaridad.

Es tiempo de que clausuremos estos tiempos de subversión de valores y principios.

Juan Pablo II señaló que la política necesita ser concebida como un servicio. Un servicio que "pasa a través de un diligente y cotidiano compromiso, que exige una gran competencia en el desarrollo del propio deber y una moralidad a toda prueba en la gestión desinteresada y transparente del poder".

El Papa ofreció dos pistas para una nueva política. Primero "es necesario redescubrir el sentido de la participación, implicando en mayor medida a los ciudadanos en la búsqueda de vías oportunas para avanzar hacia una realización siempre satisfactoria del bien común".

Y en segundo lugar rechazó el recurso de la violencia "como instrumento insustituible de toda confrontación constructiva, sea en las relaciones internas de los Estados como en las internacionales".

Las cuatro virtudes cardinales conforman el cuerpo doctrinal que han de guiar a la dirigencia que tenga como objetivo renovar la confianza con el pueblo.

Responsabilidad: el ser humano es el único que medita antes de actuar y cuando actúa orienta a los ciudadanos que conviven con él. Por tanto, la responsabilidad política requiere una doble exigencia pues no se limita sólo a mí accionar sino sobre los efectos que mí accionar provoca en los otros.

Prudencia: la prudencia es inseparable de la política, como la ética. La prudencia, entonces, es el manejo racional de los medios para acceder al bien general.

Fortaleza: la justicia es la restitución de los bienes según corresponda. Y la fortaleza la fuerza espiritual que me anima para lograrla.

Templanza: para mantener la justicia con fortaleza necesitamos de la templanza, es decir, de la moderación para no perder el bien general conseguido.

Hay que generar la conciencia de que la política es la única salida posible para superar las dificultades que nos presenta la realidad y que después de la religión es la segunda actividad más noble, como lo dijera el Santo Padre.

Nadie tiene que marginarse de este desafío ineludible, no es el tiempo de especuladores ni de tibios, debemos transmitir fe, optimismo y esperanza que no es lo último que se pierde, sino lo primero que se conquista.

Los preconceptos y dogmas son enemigos de las transformaciones, los cambios interceden a partir de la interpretación de los signos en los que se inicia una nueva era histórica y hay que obrar en consecuencia con ese discernimiento obtenido.

Para describir a ese modo realista del obrar, alguna vez apelamos a una frase de Antonio Machado en la que el gran poeta español decía que “en la acción política no tiene éxito quien pretende que el viento sople donde tiene la vela sino quien pone su vela donde sopla el viento”.

La construcción de un proyecto integral de país y Estado para las futuras generaciones es el mejor legado que podemos dejarles a nuestros hijos y nietos.No miremos al costado, nuestro norte es la realización de cada individuo en una comunidad que a su vez también se realiza.

Marchemos hacia una sociedad más justa, solidaria y digna.

No hay comentarios:

Publicar un comentario